Certamen Literario 2014

Microrrelato Ganador: CONTIGO (Luis Muñoz Ortega)

Y ocurrió que me hallaba yo largo rato caminando dificultosamente por un oculto sendero arbolado en mitad de la fría noche, llevando un pesado saco sobre mis cansados hombros, cuando me percaté oír algo o alguien.
Quizá fueran los vapores del vino con los que momentos antes me había deleitado o el tenebroso susurro del viento que reinaba en aquel infame lugar, sometiéndome sin compasión a un oscuro tormento hasta la locura. Pero, sumido como estaba en la niebla de mi delirio, creí de nuevo escuchar la fantasmagórica voz que me perseguía en mis crecientes temores.
Claro que también era cierto que era noche cerrada y que la penumbrosa luz de la luna apenas superaba la magnificencia del tétrico bosque sembrado de viejos árboles que se combaban y crujían con el viento, un sitio inquietante que cargaba con el peso de innumerables historias infernales.
Fue entonces cuando el pánico y mis sentidos empezaron a divagar sobre los moradores que podía albergar el abismo de aquel semejante lúgubre paraje: hambrientos licántropos, espectros de muertos moribundos, profanadores de cadáveres y otras extrañas criaturas de naturaleza desconocida que agazapadas me acecharían en mi negra soledad. Si, ellos, y sólo ellos se apoderaron por completo de mis perturbados y angustiosos negros pensamientos.
¡Allí! Allí estaba yo inmóvil, atrapado en mis tinieblas largo rato cuando decidí terminar lo emprendido para regresar a casa libre de pesares. No obstante, fuera como fuere agudizando mis caóticos sentidos, pude comprobar que del saco que trasportaba salía una desgarradora voz que me tranquilizaría:
—¡Hijo! ¡No tengas miedo! Tu madre está aquí, contigo…

Segundo clasificado: MAULLIDOS (Rafael Arroyo Sánchez)

Estigmatizado por enterrador y guarda del cementerio, nunca nadie gustó de intercambiar más de tres frases con quien había de certificar, con paladas de tierra, el fin de su terrenal existencia; por dicha razón, nunca pude saber por qué el gato disecado, de color negro y ojos tan amarillos como los del mismísimo Lucifer, presidía la entrada al cementerio en la hornacina que estaba encima de la enrejada puerta.
Aunque nunca temí a ningún miembro del reino de Hades, en ocasiones, y muy de tarde en tarde, me asaltó una extraña inseguridad al oír amplificados y agónicos maullidos reverberando por patios y crujías; cuando tan alarmante cacofonía sobresaltaba mi sueño y entereza, salía de la casa y bajo el mortecino manto de la noche, entraba en el cementerio al tiempo que huidizas y abstractas sombras, sorprendidas en su levitar, chascaban mármoles de nichos y mausoleos.
Nunca pude localizar al felino autor de tan lúgubres maúllos, pero cuando cesaba aquel tétrico lamento y salía del camposanto, los ojos del gato disecado refulgían como ámbar hirviendo.
Pasaron años antes de advertir que aquellos maullidos siempre eran el anuncio de muertes violentas en las que las víctimas siempre aparecían con los cuerpos lacerados; como si el barquero Caronte los hubiera torturado antes de pasarlos a la otra orilla.
Esta noche volvieron los lamentos felinos, pero decidido a terminar con tan macabros anuncios, he sacado de la hornacina el gato momificado y lo he arrojado al horno crematorio; durante la combustión se han acentuado los maullidos, pero al salir del cementerio, ya no refulgían aquellos ojos amarillos que parecían invocar al demonio.
Después de examinar el cadáver del enterrador tendido boca arriba en su camastro, con los ojos abiertos, el pecho lacerado y el brazo izquierdo colgando fuera del lecho, justo encima del charco de sangre coagulada que horas atrás brotó de sus venas sajadas, el forense leía la hoja escriturada que encontraron en la mesa, y al terminar la lectura con las palabras «invocar al demonio», un gato negro con el rabo yerto apareció maullando de debajo del camastro.

Tercer clasificado: LA OTRA GENTE (Sarah Manzano Lobo)

Colgasteis al mendigo el mismo día que me casé y el ser que llevaba en las entrañas se regocijó al ver cómo se le partía el cuello. El hombre con el que me casé pensó que era un mal agüero y escupió tres veces en el suelo antes de cruzar la plaza, pero el mal ya venía de camino.
Trece meses más tarde nació la criatura, con los ojos nublados y casi todos los dientes. No hubo madre más orgullosa que yo ni tampoco más vilipendiada, pero eso nunca le importó a los nuestros.
No pisamos una iglesia en años, ni yo ni mi hijo, pero el día que murió mi marido nos sentamos en el primer banco y os sonreímos. Su tiempo se había acabado, su trabajo estaba hecho, y no había motivos para seguir haciéndonos cargo de él.
Nos escupisteis y matamos vuestras reses, pero no enseguida.
Volví a casa, con los míos, más allá de la fuente nueva que entonces marcaba el fin del pueblo, pero dejé a mi hijo entre vosotros. Lo veis, a veces, pero no lo miráis, porque asomaros a sus ojos blanquecinos os da miedo y asco.
Es mejor que no lo hagáis, en cualquier caso, pues veríais vuestro futuro, y eso siempre os ha dado tanto miedo que habéis preferido cerrar los ojos y vivir ciegos.
Continuad, pues, con los ojos cerrados, y dejadnos seguir con nuestros asuntos.