Certamen Literario 2016

Finalistas

En esta edición se han presentado a concurso más de 260 relatos de todo el mundo de haba hispana, así que nuestro jurado ha tenido que hacer horas extra.

Estos han sido los 10 relatos mejor valorados (por orden alfabético en cuanto al nombre del relato):

AUTARIA (Paz Alonso Fernández-Setién – Santander)
CACHIVACHES TECNOLÓGICOS (Sergio Daniel Gaut vel Hartman – Buenos Aires)
EL SOBRE DE SCHRÖDINGER (María Muñoz Prados – Córdoba)
LA CAJA ROJA (Carlos Quintana – Roma)
LA COSTURERA (Ángeles Mora – Huelva)
LA MALDICIÓN (Virginia Alba Pagán – Pobla de Vallbona)
LA PASAJERA INERTE (José Carlos López Pérez – Vejer de la Frontera)
LAS ÚLTIMAS NOTAS (Cristina Grela Cespón – Milladoiro)
NO SE HA IDO (Abel Loro – Passeig de la vall d’Hebron)
OBSOLETO (Juan José Tapia Urbano – Sevilla)

De ellos, los 3 ganadores son:

Místico Literario: LA PASAJERA INERTE (José Carlos López Pérez)

No logro acostumbrarme al olor a vómito y muerte que recorre la profundidad de este infernal bajel. Akhtar, es nuestro carcelero y el encargado de flagelar sin compasión a los más indomables. En sus manos han perecido muchos de mis hermanos, vertidos al mar como despojos caducos. No todos han sido tan afortunados. Mi hijo Labasú, en sus últimos estertores, fue entregado a las dos demenciales bestias que flanquean a nuestro guardián, para que lo devoraran aún con vida. Todavía tengo clavada, en lo más hondo de mi alma, la mirada sanguinolenta del can y la visión de las entrañas de mi vástago colgando de sus descomunales fauces.

Nos han comunicado que vamos embarcados en la nave “Adelaide” hacia “La Española” para servir como esclavos, y que las cadenas nos acompañarán hasta el final de nuestros días. Pobres ignorantes, no saben que ninguno de los moradores de esta diabólica embarcación van a llegar con vida a costa. Con todos los Ashanti apresados ha arribado una pasajera inesperada.

La noche siguiente de ser capturados la vi de soslayo en la copa de un árbol. Pude distinguir su abyecta mirada carmesí en la oscuridad y entonces supe que estábamos condenados. Por la mañana encontraron los restos de dos desdichados. Su nombre empezó a deambular entre los prisioneros.
Desde nuestro oscuro cubil empezamos a oir gritos cada vez más continuos. Akhtar nos preguntó aterrorizado que era lo que los estaba diezmando. Hace muchos días que el barco va a la deriva, sin tripulación. Sus incursiones en la bodega son más frecuentes y cada vez quedamos menos. Sólo atisbamos a ver una sombra, un destello escarlata antes del irracional alarido.

Su cercana presencia me despierta. Advierto las miradas huecas y aterradas de mis hermanos clavadas en mí y como sus cuerpos inician una danza de pavor en un vano intento de distanciarse de nuestra aterradora compañera. Noto su gutural jadeo alrededor de mí; el aura a muerte que le acompaña penetra en cada recodo de mi ser. Abandono mis cadenas. Baba Mugasa acaba de una vez, Baba Mugasa libérame…

Segundo clasificado: LAS ÚLTIMAS NOTAS (Cristina Grela Cespón)

Una corona de rosas blancas y rojas encabezaba la comitiva mientras la banda de música tocaba su canción preferida; el río fluía en él, y como en esa canción sin letra la
quería de vuelta. Los acordes sonaban cada vez más altos para acallar su pena. El cura ofreció unas palabras de consuelo que de nada sirvieron, pues él ya no escuchaba; sólo
oía la melodía una y otra vez mientras las imágenes de la última ocasión en que se vieron pasaban delante de sus ojos, igual que cuando veían juntos una película muda.

Le flaqueaban las piernas por estar tanto tiempo de pie, pero ya nada le dolía. El viento frío arrastraba unas últimas gotas de lluvia, pero él estaba cubierto por un manto de
impotencia que lo hacía inmune a todo. La charla acabó, la banda empezó de nuevo.

Todos los asistentes fueron despidiéndose abrazándolo una y otra vez, así durante cuarenta y cinco minutos; mientras él sólo podía prestar atención a los músicos, que
tocaban un repertorio con sus piezas para piano preferidas en versiones para orquesta.

Se prometió que nadie volvería a tocar esas teclas, no quería ver sobre el banco de terciopelo a nadie que no fuese ella. Si conservaba su imagen sobre sus cosas, si no cambiaba nada, ella permanecería.

Las canciones sonaban muy alto mientras él lloraba muy bajo; dos hombres fornidos alzaron el ataúd y lo colocaron en el hueco, empezaron a recortar ladrillos para hacer
una hilera sin fisuras mientras a él se le partía en trozos diminutos los diminutos trozos que formaban su corazón.

Solo quedaba él y lo que quedaba de ella, y la banda, amigos de la infancia que tocaban sin parar para hacerle un último regalo que ya no escucharía. Él se imaginaba sus dedos
tocando a piano esa misma pieza, ella hizo sonar una última canción: la banda de música y su dolor le impidieron escuchar la acelerada melodía de una muerta enterrada
viva rascando la madera con sus dedos.

Sólo un saqueador de tumbas, quince años después, pudo sentir su dolor.

Tercer clasificado: AUTARIA (Paz Alonso Fernández-Setién)

Nadie se marcha de Autaria. Nadie llora. Nadie roba. La vida es perfecta en Autaria.

Cada día despiertas y el cielo está despejado. Tus hijos se toman el desayuno sin rechistar y se despiden con un beso cuando pasa el autobús, puntual como un reloj. Siempre hace sol. No hay atascos; los coches se deslizan silenciosos sobre la cinta magnética e incluso con las ventanillas cerradas puedes oír la misma canción de la misma emisora de radio en un concierto que se extiende durante kilómetros. Te encanta esta canción. Al resto de los conductores también.

No hay crimen y las calles están limpias. Las gaviotas ya no comen carne. Ya no hay gaviotas, en realidad. Ni avispas. Una cosa más que agradecer a los nuevos amos. La vida es perfecta en Autaria. Las casas siempre parecen recién pintadas y los niños en los parques siempre parecen felices, y la gente se saluda por la calle antes de entrar a trabajar. Todo el mundo sabe tu nombre. Las listas en la puerta del ayuntamiento se actualizan a diario.

Las noches son tranquilas, balsámicas, arrulladas por el sonido de tu marido leyéndoles las Directivas a los niños. Siempre hay una buena película en la pantalla de entretenimiento. Y con las nuevas cortinas aislantes no has vuelto a escuchar gritos. Y fueron una buena oferta. Y en realidad la culpa fue de los vecinos. Quién querría abandonar Autaria. Quién traicionaría a los amos de esa forma. Una noche no te dejan dormir y un día ya no están. Como las gaviotas.

Los nuevos vecinos son de fuera. No pueden creer su suerte, tras años en la lista de espera, y es que la vida es perfecta en Autaria. Sólo necesitas querer quedarte. ¿Y cómo no vas a querer quedarte?

Nadie se marcha de Autaria.