Certamen Literario 2017

Finalistas

Estos han sido los 10 relatos mejor valorados (por orden alfabético en cuanto al nombre del relato).

  • ABADÓN (ÁNGEL ARROYO SÁNCHEZ – CÁDIZ)
  • CARNICERÍA RENVENTADA (ENRIQUE FERRER PÉREZ – ZARAGOZA)
  • COMO UN GUANTE (JAYRAN ESPINOSA OLIVARES – CÁDIZ)
  • COSTUMBRE AMOROSA DE LOS GIGANTES (DANIEL FRINI – BUENOS AIRES, ARGENTINA) (MÍSTICO LITERARIO)
  • DEBERES (SANTIAGO EXIMENO HERNAMPÉREZ – MADRID)
  • DENTRO DE MI PIEL (CARLOS JAVIER DÍAZ TRIGUERO – VALENCIA)
  • LA CAZA DEL TESORO (ÁNGELES MORA – HUELVA)
  • RUIDO EN LAS PAREDES (DAVID PERIÑAN YUSTE – GUADALAJARA)
  • UN UNO, UN CERO, OTRO UNO, DOS CEROS, DOS UNOS, OTRO CERO, OTRO UNO Y OTRO CERO (DANIEL FRINI – BUENOS AIRES, ARGENTINA)
  • VISITAS NOCTURNAS (MARCELO D´ANGELO – BUENOS AIRES, ARGENTINA)

 

A continuación los tres relatos ganadores, que serán publicados en nuestro libro memoria:

Místico Literario: COSTUMBRE AMOROSA DE LOS GIGANTES (Daniel Frini)

Cuando un gigante decide proponerle casamiento a su novia, le ofrece una primorosa caja de madera de incienso rojo y le dice, con voz quebrada:

―¿Te quieres casar conmigo?

Ella la toma y exclama:

―¡Ay! ¡Por supuesto, mi vida! ¡Gracias, mi amor! ¡Qué hermosa!

Temblorosa y con gran expectativa, la gigante abre la cajita y encuentra, sobre terciopelo azul ―color que entre esta raza simboliza fidelidad— un humano atado de pies y manos, su boca amordazada y un terror indecible en su mirada. Alrededor de su cuello, anudado un hilo ―hilo para los gigantes, gruesa cuerda para los humanos— de oro y plata.

En una ceremonia muy emotiva, la mujer se inclina sobre la cajita y el gigante ata el cordel en la nuca de su amada, cuidando de que quede adecuadamente flojo. A continuación, ella se levanta de golpe y el hilo se tensa. El humano pendula sobre el pecho sonrojado, se contorsiona, encoje y estira sus piernas, gira su cabeza a un lado y otro buscando una bocanada de aire que no está, completamente ajeno al beso con que los novios sellan su compromiso. Luego muere.

La novia llevará el cadáver del hombre en su cuello hasta el casamiento, más o menos un año más tarde. El olor a putrefacción se considera de buen augurio y es motivo de orgullo para las gigantes, debido a que indica su condición de mujer comprometida en matrimonio.

Después de la boda, será el marido quien quite el colgante y lo guardarán, juntos, dentro de algún libro de poemas que él le habrá regalado durante el noviazgo.

Unos doscientos años después, el esposo habrá muerto.

Un día cualquiera, su viuda estará sola ―los hijos también se habrán ido y verá a los nietos una o dos veces por año— y sumida en la nostalgia tomará el viejo libro, lo abrirá con temor respetuoso y encontrará el pequeño esqueleto casi formando parte de las páginas. Dejará caer una lágrima, más o menos donde el humano tenía su corazón. Ella creerá, por un segundo, sentir de nuevo el olor tan amado a carne putrefacta.

 

Segundo clasificado: CARNICERÍA REINVENTADA (Enrique Ferrer Pérez)

— ¿Cuántas cabezas vienes a cobrar?

— Siete.

— ¿Sólo? Sabes que el mínimo son diez semanales. Si no espabilas tendrás que cambiar de profesión.

Depositó las cabezas cercenadas en la cinta transportadora, tal y como dictaba el protocolo, y cobro sus créditos. Si no cumplía los objetivos le adjudicarían un empleo peor,  y no sabía hacer nada más.  Desde que la humanidad  rehusó el  consumo de productos de origen animal, miles de carniceros en todo el mundo habían quedado desempleados. El Gobierno Mundial pronto les buscó otra ocupación, utilizando sus habilidades con los cuchillos y demás herramientas para atajar otro de los grandes problemas del sistema: el número excesivo de ancianos. La mayor parte del gremio acepto la oferta, pues el trabajo resultaba sencillo y bien remunerado. Tan solo debían cumplir los plazos.

El principio fue relativamente fácil. Los ancianos desconocían el plan del Gobierno para reducir su número y vivían confiados. Los carniceros reconvertidos en matones conocieron buenos tiempos, llegando a duplicar su sueldo con las comisiones por los buenos resultados de sus cacerías. Pero ahora, además de que quedaban menos, resultaban más difíciles de matar. Algunos paseaban armados, otros habían huido al monte y hasta se organizaban en guerrillas para defenderse.  Si el mes próximo no llegaba al mínimo se vería degradado a uno de los rangos inferiores, como mayordomo o limpiador de zapatos. No lo podía permitir.

Con mucho esfuerzo y dedicación, consiguió bastantes ejemplares de jubilado durante los días siguientes. A uno lo degolló, a otros dos los descuartizó y hasta tuvo

que abrir en canal y eviscerar a uno que se resistió demasiado. Tan solo le faltaba uno para cumplir los plazos, pero le quedaban un par de horas de tiempo. El anciano padre se puso muy contento  cuando su hijo,  que llevaba meses  sin visitarle, le dijo por teléfono que quería verle.

 

Tercer clasificado: VISITAS NOCTURNAS (Marcelo D´angelo)

Las luces se encienden, de una a la vez, y las gemelas se pasan de nuevo a nuestra cama. Mi mujer se despierta con un gruñido, muerde la almohada, se acurruca en el borde. Es claro que no es un gesto para darles lugar, sino para alejarse. Desde que las visitas nocturnas se volvieron más frecuentes, mi mujer se mueve en espasmos de rabia.

«Pura rabia», eso me dijo. Que le daba pura rabia lo que hacían las gemelas. Y eso es tan cierto como que  ya  no llora. Ni una lágrima. Nada. Y así de furiosa apaga su velador, y así de furiosa se vuelve a dormir. ¿Será éste el sentimiento que la salvará de la locura? Quiero despertarla y preguntárselo; sin embargo, no abro la boca: ahora soy yo a quien buscan las niñas, ya sus pies intentan calentarse con los míos. Filosas y largas uñas —uñitas que aún seguirán creciendo— me lastiman la piel. Pero yo no me muevo ni apago mi luz. Un tajo se me abre en la rodilla. Dos tajos, tres, y no lo haré, no moveré un músculo. Es tan difícil ponerles límites. Me miran con esos ojos que no miran nada. O que miran lejos, no sé. De lo que sí estoy seguro es que a la noche nos extrañan, allá, en la fría negrura, las pequeñas.

No bien me levante, les compraré flores, intensas flores moradas, azules y blancas. Mañana dejaré siemprevivas sobre sus tumbas.