Certamen Literario 2018

Resultados del Concurso de Microrrelatos 2018

Estos han sido los 5 relatos mejor valorados (por orden alfabético en cuanto al título del relato).

  • EL BROMISTA (ERNESTO TUBÍA LANDERAS – LA RIOJA. ESPAÑA) (MÍSTICO LITERARIO)
  • LÍMITE (MARCELO ETCHARRÁN – BUENOS AIRES. ARGENTINA)
  • MILAGROS (DIEGO MIGUEL ALBA – BUENOS AIRES. ARGENTINA)
  • PARA ELISA (EVA MARÍA BAOS RUIZ – BARCELONA. ESPAÑA)
  • UNA NUEVA VIDA (JOSÉ MARTÍNEZ MORENO – VALENCIA. ESPAÑA)

A continuación, los tres relatos ganadores, que serán publicados en nuestro libro memoria:

Místico Literario: EL BROMISTA (Ernesto Tubía Landeras)

Los golpes en la puerta atronaron una vez más. Harto, salté del sofá y corrí por el pasillo hasta alcanzar la puerta final. La abrí con prisas y brinqué al pasillo exterior con los ojos inyectados en sangre, furioso, harto del bromista que por cuarta vez en poco más de treinta minutos, había aporreado la puerta del viejo piso, heredado de mi abuela, en uno de los edificios más decrépitos de la ciudad. Una de esas construcciones plagadas de desconchones, que acumulan abandono y fantasmas, a partes iguales.

Como en las anteriores ocasiones, no había nadie en el exterior. El descansillo, iluminado con tibieza por una bombilla, sobre la que se estrellaba, una y otra vez, una testaruda polilla, estaba desierto. Y el suelo, cubierto por esa fina pátina de polvo que vierte la soledad, no evidenciaba huella alguna. Musité toda suerte de maldiciones y regresé al interior de la casa. Pero esta vez, en lugar de llegarme hasta el salón, me aposté junto a la puerta con el ojo adherido a la mirilla, como una vecina chismosa.

Me excitaba el imaginar al bromista acercándose a la puerta, tan sigiloso que ni era capaz de horadar huellas sobre el polvo. Entonces aparecería yo, súbitamente, gritando  y alzando las manos, haciéndole huir aterrado, escaleras abajo.

Esperé cinco minutos, seis, siete, y la oscuridad del exterior era inmutable. Incluso la polilla, confundida por la penumbra reinante, había dejado de chocar y su aleteo había enmudecido. Si me hubieran jurado que el mundo, ahí fuera, había desaparecido, lo hubiera creído sin ambages.

De repente, un siseo que llegaba de quién sabe dónde, me extrajo del sopor en el que me estaba sumiendo aquel aburrido episodio de vigilancia. Apoyé una mano sobre el pomo de la puerta y me concentré, para abrir la puerta en el preciso instante en que el bromista comenzara a golpear la puerta. Solo cuando sentí unos dedos, fríos y secos, que me rodeaban la garganta, un instante antes de estrellar mi cabeza contra la madera de la puerta, comprendí que había estado vigilando el lado equivocado.

 

Segundo clasificado (Diploma): LÍMITE (Marcelo Etcharrán)

En la soledad lúgubre de una cripta, entre paredes de granito impávido que la menguante lumbre de pabilos carbonizados apenas denuncian, un hombre o una sombra de hombre respira la humedad de una atmósfera pesada, encadenada desde siempre a esas piedras, y se inclina sobre un féretro cuyos lustres y bronces no mitigan la ciega impudicia de la muerte que se expone desnuda y desafiante entre encajes mortuorios ante los ojos acuosos del amante que, rendido en su incesante llanto, mira las manos entrelazadas del cadáver de quien fuera en vida su devoción y su alimento, y se indaga sobre la muerte, ese misterio que aterra y atrae, que como un imán nos arrastra a asomarnos a su tenebrosa tiniebla en el afán de develarlo, a merodear con pavor ese deslinde fatal, aunque con una fuerza que no alcanza a romper los lazos que nos ligan a ese otro misterio que es la vida, a la que nos aferramos de un modo desesperante, como la ineludible seducción de un peligro mortal que hace que nos atrevamos al terror de un abismo mientras tensamos los dedos aprisionando la saliente que nos sostiene –en un aferrarse no por miedo a caernos, sino a arrojarnos–, y maldice los confines de la vida, la estrechez mental del hombre y, contemplando el lívido rostro del despojo amado, se rebela en su desfallecimiento, no acepta la ausencia, la sumisión a la muerte, porque ya no sabe claudicar, y quiere que esos ojos que sus manos cerraron se abran y lo iluminen otra vez, y los contempla empujado por un alma sedienta que implora la resurrección, y es inútil, porque su mudo grito cae en una sima cuyo fondo se aleja con la caída, hasta que su magnífica persistencia nota un brillo –que es una lágrima– que se desliza con lentitud sobre el macilento mármol de la mejilla y se sobrecoge y, absorto, no advierte que las manos de la muerta ya no están unidas y que una de ellas se alza piadosamente para acariciar sus cabellos.

 

Tercer clasificado (Diploma): UNA NUEVA VIDA (José Martínez Moreno)

Despertó de golpe, incapaz de mover un músculo o de abrir los párpados siquiera, debido a las capas de tierra que sentía depositadas sobre él y que le hicieron suponer que había sido enterrado vivo. La revelación le golpeó con la fuerza de un meteorito a toda velocidad y casi enloqueció al ser consciente de su situación.

No recordaba quién era ni cómo había llegado hasta allí, pero eso no importaba. Lo primordial ahora era salir de esa tumba. Y debía hacerlo cuanto antes.

Por fortuna para él, una especie de mascarilla de un material rígido le cubría desde el puente de la nariz hasta la barbilla, creando una pequeña bolsa de aire que le permitía respirar, aunque eso no duraría demasiado.

De repente la mascarilla se quebró  y la tierra cayó  sobre su cara, taponándole boca y nariz. Frenético, luchó contra la obstrucción de sus vías respiratorias. El pánico se apoderó de él, pero entonces estalló en su mente una idea descabellada: debía aguantar la respiración y abrirse paso a dentelladas, comiendo tierra hasta que no pudiera más. Era una locura, pero era una locura que tal vez le salvara la vida.

Poseído por la fuerza del instinto de supervivencia, comenzó a dar mordiscos y a tragar tierra. Al principio fue costoso y doloroso, pero al poco se dio cuenta de dos cosas muy extrañas: parecía no necesitar respirar y cada vez tragaba con mayor rapidez y facilidad.

Menos de un minuto después percibió en su boca el roce de una ligera corriente de aire. Espoleado por ese hecho, agitó la cabeza como un poseso hasta conseguir liberarla. Lo había logrado: había alcanzado el exterior.

Se retorció entonces como un gusano febril, sacudiendo su cuerpo hasta que pudo liberar los hombros y los brazos. El resto fue fácil.

Una vez fuera pudo comprobar con estupor la presencia de cientos de extrañas criaturas albinas, también cubiertas de tierra, que parecían recién «nacidas», salidas de supuestas tumbas como la suya.

Y descubrió algo más: él era una de ellas.